Hace tres años, yo, Cristina, me tuve que mudar de ciudad
por cuestión de trabajo de mis padres, lo que supuso un nuevo instituto y unos
nuevos compañeros en clase.
Los primeros días todos me miraban como a un bicho raro
porque era nueva y escuchaba música diferente a la que escuchaban los demás,
iba yo sola por los pasillos hasta que un día creí oír una canción que me
resultaba muy familiar. Seguí el rastro de la música y me encontré con un chico
que parecía disfrutar mucho con esa canción.
Me senté a su lado
y cuando la canción acabó dijo:
- ¡Hola!, tú eres la chica nueva de clase ¿no?
A lo que yo contesté:
- Sí, me llamo Cristina y… bueno, he venido aquí donde
estás tú porque la canción que estás escuchando resulta que es de mi grupo
favorito y no sabía de dónde venía. Y tú… ¿Cómo te llamas?
El chico me dijo que se llamaba Cristóbal, y que a él también
le gustaba mucho ese grupo y tenía dos entradas para ir a verlos el próximo
sábado. También me dijo que iba a ir con Marta, una amiga a la que hacía cuatro
días había atropellado un camión y se encontraba hospitalizada. No sabía a
quién pedirle que le acompañara, pero como aún quedaba una semana dijo que
alguien lo acompañaría para no perder el dinero y pasar un buen rato acompañado
de otro fan loco.
A los dos días Cristóbal vino a mi casa para hacer un
trabajo de literatura, y cuando entró a mi cuarto de estudio se quedó en shock
al ver que yo también era súper fan de ese grupo musical.
Entonces me dijo:
- ¡Caray Cristina! no he conocido nunca a una persona tan
fanática como tú y como yo, ¿quieres acompañarme al concierto de este sábado?
Ahí yo no sabía muy bien cómo reaccionar y dije:
- Esto… es que… no se…
Y era verdad, no sabía muy bien cómo reaccionar, entonces
Cristóbal me cogió la mano y sentí cómo se me aceleraba el corazón y dije:
- Bueno, si tienes una entrada de sobras y me pides que
te acompañe… ¡que leches, voy contigo!
Cristóbal me dio un beso en la mejilla y me abrazó muy
fuerte.
El sábado, el día del concierto, nos reunimos a las ocho
de la tarde en un bar que estaba a dos manzanas del auditorio para tomar algo y
relajarnos porque estábamos muy ansiosos y nerviosos.
Más tarde entramos al auditorio y nos pusimos en primera
fila.
Cuando
cantaron nuestra canción favorita nos fundimos en un beso y hasta el día de hoy
seguimos locamente enamorados y nada ni nadie nos podrá separar.
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